Michael Chabon es una de las últimas maravillas de la narrativa norteamericana, ganador del Pulitzer, del Nebula, del Hugo, y con una buena cantidad de libros publicados, cuál más entretenido que el anterior.
Yo lo conocí -es un decir- hace ya unos seis años, cortesía de mi buen amigo Rodrigo Baeza, quien me facilitó muy amablemente su copia de The Amazing Adventures of Kavalier and Clay. Publicada el 2001, esta novela está ambientada en la década del '40 en el mundillo de los creadores de cómics de esa época, en el que los protagonistas son un par de nerds, judíos, inmigrantes ajenos al mundo norteamericano pero con toda la voluntad de adaptarse y hacerse parte de él. Con esta novela, Chabon se ganó el Pulitzer -el premio soñado por la Lois Lane del cine- y, además, se dió el gusto de crear un personaje de cómics: El Escapista, del cual se han publicado unas cuantas revistas dibujadas por los mejores artistas del medio.
Chabon, hay que decirlo, es comiquero. O al menos tiene cultura de comiquero, y le encanta hacer guiños a ese mundo en sus novelas, guiños que al lector no familiarizado con ese mundo no le molestarán, porque -básicamente- ni siquiera se dará cuenta. Un ejemplo: una mención rápida por ahí a un bufete de abogados que atiende en el edificio Baxter, tres de los cuales tienen los apellidos Grimm, Storm y Richards. No molesta en absoluto, pero para el conocedor de cómics, es imposible no acordarse de los Cuatro Fantásticos.
Después de leer Kavalier y Clay, de devolvérselo a Rodrigo, y de comprarme mi propia copia y releerla un par de veces, salté a la que -hasta ahora- es su última novela, The Yiddish Policemen Union, un drama policial negro ambientado en Alaska en una realidad alternativa en la que ese estado de los USA fue cedido a los judíos por cincuenta años. Si Kavalier... era buena -que lo es- para mostrar la capacidad de Chabon para contar una y mil historias interesantes, Yiddish... no solo mantiene la línea sino que además la aumenta. Cada capítulo es una historia por sí mismo, y a la vez aporta trozos y piezas de la historia central de la novela, o elementos de cultura general (el concepto de maven, por dar un ejemplo), a la vez que va avanzando lentamente pero sin aburrir. Hasta que pasa a cuarta y a quinta, y las últimas doscientas páginas son vertiginosas e inabandonables.
Claro que a este prodigio de las letras no todo le ha resultado a pedir de boca, también ha experimentado algunos tropiezos. Tiene su bestia negra, o su elefante blanco, una novela -jamás publicada- llamada Fountain City, en la que gastó varios años de su vida sin llegar a ninguna parte luego de haber escrito la friolera de mil quinientas páginas. Pero el tipo es talentosos, y supo hacer de esta experiencia... otra novela. Novela que, tras muchos años, finalmente pude leer (cortesía de mis excelentes amigos de bookdepository.com). Digo muchos años, porque esta novela, llamada Wonder Boys, fue publicada en 1995, y traspasada al cine el 2000 con Michael Douglas, Tobey Maguire y Robert Downey, Jr., estrenada en esta parte del mundo con el poco apropiado título de Fin de Semana de Locos, con el cual la vi en el cine por esa época, antes de saber de la existencia de Chabon.
Haciendo el camino de manera bastante desordenada, en enero de este año llegó por fin a mis manos Wonder Boys. Y me dí el gusto de leerla. Y, como suele suceder con los buenos libros, es muy superior a la película. Los protagonistas son los mismos: en primer lugar, un profesor universitario enfrascado en una novela gigantesca en la que no va a ninguna parte, amante de la señora del decano, a punto de ser abandonado por su mujer, marihuanero; en segundo lugar, su editor, que viene por el fin de semana a la ciudad básicamente a buscar el manuscrito final (aunque sin ninguna intención ni posibilidad de publicarlo); y finalmente una nueva estrella de las letras, un alumno de la universidad, que vive en el Hollywood de los '50. Todo, sazonado con un embarazo, un perro asesinado, un travesti, mucho alcohol, homosexualismo, muchas mujeres, y muchas -y entretenidas- historias secundarias. Y encima, con un mensaje final, una moraleja, si se quiere: en la vida, a veces, hay que abandonar algunos proyectos, por mucho esfuerzo y corazón que uno les haya puesto, a riesgo de hundirse con ellos. La antítesis del "sueño americano", escrita en clave de ficción por uno de los suyos. No es malo.
En definitiva, no tengo la más mínima idea de cómo será Chabon en persona, pero luego de leer sus libros, tengo la convicción de que debe ser un tipo entretenidísimo en las reuniones sociales, con una capacidad increíble para contar historias divertidas y sorprendentes en torno a unas copas de vino o a unas cervezas. Quizás lo sea. Quizás no. Probablemente, nunca lo sabré. Pero volveré a leer sus libros, eso es una certeza. Los que ya tengo, y los que me aún me faltan por leer. Si dice "Michael Chabon" en la tapa, voy a la segura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario